En 1770, Erasmus Darwin, abuelo del reconocido naturalista Charles Darwin, realizó una apuesta por 1.000 libras a que podía desarrollar una máquina capaz de hablar. Erasmus, quien también se llamaba Darwin y padecía tartamudez, estuvo muy cerca de concretar este invento revolucionario para su época.

Este episodio refleja la inventiva y el espíritu científico que caracterizaba a la familia Darwin, mucho antes de que Charles revolucionara la biología con su teoría de la evolución. La apuesta y el proyecto de Erasmus muestran un interés temprano por la mecánica y la comunicación artificial, un campo que recién siglos después alcanzaría avances significativos.