En el año 2000, Francia vendió a Brasil un portaaviones de 265 metros, uno de los grandes símbolos de su poder naval. Sin embargo, 23 años después, las autoridades brasileñas no tuvieron más opción que hundir la nave debido a los elevados costos y dificultades para mantenerla en servicio.
Este episodio refleja los desafíos que enfrentan algunos países para conservar activos militares de gran envergadura adquiridos en el extranjero, especialmente cuando los costos de mantenimiento y modernización superan las capacidades presupuestarias.